01 junio 2017

El náufrago y su isla




Un día, casi sin darse cuenta, naufragó. Empapado y aturdido, pero con las botas —todavía— puestas. La isla con alegría sureña lo recogió de la arena. Perdió todas sus pertenencias, aunque ya no le hacían falta, las olvidó con el paso de los días, las semanas y los meses. 


La isla parecía oscura y triste, aunque él la comenzó a ver con buenos ojos, como si éstos vieran lo que quieren ver y se cegaran cuando no les venía muy bien. Se dejó la barba larga, con el tiempo también se dejó crecer el orgullo. Hubo momentos donde la isla se lo tragaba entero y los nervios dentelleaban su frágil estómago de corcho y papel. Hubo frío y calor, lluvia y sol, hubo peleas en el barro e incluso más de un resbalón. Hubo días largos y noches eternas. Una isla desierta, el inframundo con alguna que otra duna y un oleaje con un deje un tanto peculiar. Pero la isla se hacía de querer, se esforzaba día tras día, y es que, parece ser, tenía un gran interés en el náufrago. Éste, tras la incesante persuasión de la isla, fue aflojando la tensión, fue rebajando el tono y se quitó los primeros botones de la camisa, aunque no sin rechistar, ya que cuando la desesperación lo corrompía e intentaba escapar, la isla no se lo permitía. Tenía cuentas pendientes, deudas por pagar y muchas cosas por aprender. La isla se lo ganó con cabezonería y se lo fue metiendo en el bolsillo, hasta la soledad parecía buena compañía, hasta el estrés postraumático parecía tratarle bien. La isla y él comenzaban a entenderse, debe ser que darle la vuelta todos los días surtía efecto. Era, sin serlo, el lugar perfecto. Y al náufrago, cada vez le resultaba más complicado ponerle pegas y encontrarle algún defecto. 


Ambos se acostumbraron a convivir, aunque a regañadientes, al fin y al cabo, eran él y su isla. Nunca hubo un Wilson o un Viernes. Se castigaban y se necesitaban a rabiar. Una relación amor-odio, de las que marcan por fuera y por dentro, de las que no dejan indiferente ni al coco de la palmera. 


Pero, con el tiempo, se convirtió en el amo y señor de ese trozo de arena en medio de la nada. Poco a poco se vino arriba, tal vez hasta acabó de hacerse mayor. Y cuando estuvo preparado la isla lo dejó marchar, con los ojos llorosos, pero con la lección bien aprendida, todas sus ilusiones renacidas y un saco de sueños por cumplir.

1 comentario:

  1. Todas y todos naufragamos pero siempre hay una isla esperando. Cómo la lleguemos a conocer, a odiar o a querer también es cosa nuestra.

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